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Requisitos para el Chelado (parte II)

Un Documento leído por Babu Mohini M. Chatterji, ante la Logia de Londres de la Sociedad Teosófica

 

Editorial Abril 2016

 


Como continuación del editorial del mes anterior, presentamos la segunda y última parte del artículo de Mohini Chatterji, donde hace un desarrollo de los logros” restantes que llevan al estudiante intentador al Chelado y finalmente al Adeptado. Cabe destacar que estas etapas no fueron inventadas por él, este conocimiento puede encontrarse a lo largo de las escrituras sagradas del oriente, así vemos como Patañjali en sus Yoga Sutras hace un importante hincapié en el discernimiento” y en el desapego” (viveka y vairāgya), probablemente el hilo conductor de la Bhagavad Gītā sea el realizar la acción por la acción misma, sin que nos importe el fruto de esta acción, los mismos cuatro logros” o medios” son tratados por Śṛī Śakarācārya en La Joya del Discernimiento y también por Sadānanda en La Esencia del Vedānta. Pero al mismo tiempo el estudiante investigador puede ir encontrándolos diseminados en toda la literatura Teosófica, porque estos requisitos no dependen de la época ni del lugar en el que uno se encuentre, los principios básicos que componen al ser humano así como lo que necesita para dominarlos y transformarlos en útiles para ser un servidor de la Ley, no pueden cambiar con el tiempo, porque fueron forjados en la Ley misma y no por caprichos individuales. Por esto es que el hombre, tarde o temprano, tendrá que pasar por el proceso de adquirir estos requisitos.

Mohini cierra el texto refiriéndose a una de las ventajas” que tiene el estudiante de Teosofía, el reconocer que nuestro trabajo no es solo para esta vida presente, y que si aún no nos encontramos capases de desarrollar, aunque sea parcialmente, la totalidad de estos logros, igualmente podemos comenzar por el primero de ellos, que generará una tendencia favorable para que en futuras encarnaciones podamos continuar nuestro presente trabajo.

Presentado por Emmanuel Velázquez

Integrante del Centro


 

[ver: Requisitos para el Chelado (parte I)]

(Continuación)

A partir de las consideraciones anteriores, es claro que el ocultismo impone a sus devotos la necesidad de un deseo ardiente e incesante por el cumplimiento del deber, cuya esfera se amplía en virtud del primer logro, que requiere un reconocimiento total de la unidad del individuo con el todo. No es suficiente tener una percepción sentimental de esta gran verdad, sino que debe ser practicada en cada acto de la vida. Por lo tanto, el estudiante, para empezar, debe hacer todo lo posible para beneficiar a todos en el plano físico ordinario, transfiriendo su actividad, sin embargo, a los planos superiores intelectuales y espirituales a medida que avanza en su desarrollo.

Esto nos conduce a la consideración del tercer logro, que es la adquisición de las seis cualidades, en el orden en que serán tratadas aquí. La primera de ellas se denomina en sánscrito Śamala cual consiste en la obtención de un perfecto dominio sobre la mente (el asiento de las emociones y deseos) y en forzarla a actuar subordinada al intelecto que ya ha sido purificado y fortalecido en la consecución de los dos grados de desarrollo tratados anteriormente. Una vez hecho esto la mente es limpiada a fondo de todos los deseos malos e insensatos.

El mandato de disciplinar nuestra mente antes de purificar nuestros actos, a primera vista puede parecer extraño, pero la utilidad práctica del curso establecido será evidente con un poco de reflexión. Ya hemos visto cuán variables son los efectos producidos por una cantidad fija de energía de acuerdo con el plano en el que es empleada, y ciertamente el plano de la mente es superior al plano de nuestros sentidos. En segundo lugar, la abstinencia forzada del mal físico no aporta sino muy poco a la evolución de aquella energía que sola puede otorgarnos el poder de acercarnos a la verdad. Nuestros pensamientos, en circunstancias ordinarias regidos por la ley de asociación, nos hacen considerar incidentes de nuestra vida pasada y así producen tanta perturbación mental y arrebatan tanta energía mental como si repitiéramos muchas veces los actos en cuestión. Śama, entonces, es realmente la ruptura de la ley de la asociación de ideas que esclavizan nuestra imaginación; cuando nuestra imaginación es purificada, la principal dificultad desaparece.

La siguiente cualidad, el dominio completo sobre nuestros actos corporales Dama en sánscrito– sigue, como consecuencia necesaria de la que ya se ha discutido, y no requiere mucha explicación.

La tercera cualidad, conocida por los brahmanes como Uparati, es la renuncia a toda religión formal y el poder de contemplar los objetos, sin ser molestado en lo más mínimo en la ejecución de la gran tarea que uno mismo se ha impuesto como objetivo. Lo que aquí se espera del aspirante al conocimiento espiritual, es que él no permita que sus preferencias y sus servicios se vean mermados por el dominio de sistema eclesiástico alguno en particular y que su renuncia a los objetos del mundo, no debe proceder meramente de una incapacidad para apreciar su valor. Cuando se alcanza este estado, se elimina el peligro de la tentación. Únicamente son poseedores de la verdadera fortaleza, quienes conservan la ecuanimidad de sus mentes en presencia de la tentación, dice el poeta hindú.

En cuarto lugar viene la cesación del deseo y la disposición constante a desprenderse de toda cosa del mundo (Titikṣā). El ejemplo típico de esto dado en nuestra literatura mística es la ausencia de resentimiento por el mal sufrido. Cuando esta cualidad se alcanza completamente surge en la mente una alegría perenne, lavando todo rastro de ansiedad o preocupación.

A continuación, se adquiere la cualidad llamada Samādhāna, que torna al estudiante constitutivamente incapaz de desviarse del camino correcto. En cierto sentido, esta cualidad es el complemento de la tercera tratada anteriormente. En primer lugar, todos los motivos egoístas, que tientan al hombre para desviarlo fuera del camino elegido pierden poder sobre él; y por último se perfecciona a sí mismo a tal punto que, en el cumplimiento del deber, puede participar sin vacilar en cualquier ocupación mundana con la certeza de que volverá a su vida habitual después de completar su auto impuesta tarea.

Otra cualidad es necesaria para coronar el trabajo del neófito, y esta es una confianza implícita en el poder de su maestro para enseñar y en su propio poder para aprender (Śraddhā). La importancia de esta cualidad es susceptible de ser mal interpretada. No se demanda una confianza inquebrantable en el maestro como medio para construir un sistema de clericalismo, sino por una razón completamente diferente. Se nos concederá y tal vez con mucha facilidad, que la capacidad para recibir la verdad no es la misma en todas las mentes. Existe un punto de saturación para la verdad en la mente humana así como lo hay para el vapor de agua en la atmósfera. Cuando este punto es alcanzado en cualquier mente, la lozana verdad deviene indistinguible de la falsedad. La verdad debe crecer lenta y gradualmente en nuestra mente, y un mandato estricto ha sido establecido en la Bhagavad Gītā contra la perturbación de la fe de la multitud” por una revelación demasiado repentina del conocimiento esotérico. Al mismo tiempo hay que recordar que no se puede esperar de ningún hombre que busque una cosa cuya realidad sea improbable; la tierra de ensueño de un fumador de opio nunca será un tema de exploración de nadie más. La verdad percibida por las facultades superiores de los adeptos no puede probarse a uno que no ha desarrollado esas facultades, de otra manera que no sea mostrando su coherencia con verdades conocidas y por la afirmación de los que dicen saber. La sanción de una autoridad competente es una garantía suficiente de que la investigación no será infructuosa. Pero aceptar cualquier autoridad como definitiva, y prescindir de la necesidad de una investigación independiente es destructivo de todo progreso. De hecho nada debería ser aceptado con fe ciega e incuestionada. Ciertamente, los sabios orientales van tan lejos como para decir que, confiar únicamente en la autoridad de las Escrituras es pecaminoso. La sabiduría del curso ahora seguido es realmente casi obvia. La razón es la percepción inmediata del hecho de que sólo lo eterno es verdadero, y el razonamiento es el intento de rastrear la existencia de una cosa a lo largo de la escala de tiempo: cuanto mayor sea el período durante el cual se extiende esta operación, más completo y satisfactorio será considerado el razonamiento. Pero en el momento en que cualquier hecho del conocimiento es comprendido en el plano de la eternidad, la razón se convierte en conciencia, el hijo se fusiona en el padre, como diría el Místico cristiano. Se puede preguntar entonces, ¿por qué la confianza en la enseñanza del maestro debería ser siquiera una cualificación requerida? La respuesta está a simple vista. Nadie se toma la molestia de indagar en lo que no cree que sea cierto, tal confianza en ningún caso exige la rendición de la razón. La segunda parte de esta cualidad, la confianza en el propio poder de uno de aprender, es una base indispensable de todo esfuerzo para progresar. El poeta pronunció una verdad más profunda de lo que él era consciente cuando cantó:

Sí, la degradación propia oficia de guía

hacia villanas cadenas y al dominio del déspota.1

En el momento en que un hombre se cree completamente incapaz de realizar el ideal más alto que puede concebir, en eso se torna; la convicción de debilidad, que al parecer le apoya, en realidad le priva de su fuerza: ninguno aspira a lo que considera absolutamente más allá de su alcance. El Ocultismo nos enseña que la perfección infinita es la herencia del hombre. No debe blasfemar contra su íntimo ser divino el Augoeidēs de los griegos y el Ātman de los brahmanes— degradándose a sí mismo, porque eso sería pecado imperdonable, el pecado contra el Espíritu Santo. Los doctos cristianos han tratado en vano de identificar este pecado, en particular el más mortal de todos; su verdadera importancia reside mucho más allá del estrecho horizonte de su teología.

El último logro requerido es un intenso deseo por la liberación de la existencia condicionada y por la transformación en la Vida Una (Mumukatva). Se podría pensar a primera vista que esta cualificación es una mera redundancia, estando prácticamente implicada en la segunda. Pero tal suposición sería tan errónea como concebir al Nirvāṇa como la aniquilación de toda la vida. El segundo logro es la ausencia de deseo por la vida como medio de disfrute egoísta; mientras que el cuarto es un deseo positivo e intenso por un tipo de vida de los que nadie sino los que han alcanzado los tres primeros logros, puede formarse una concepción adecuada. Todo lo que es necesario afirmar es que se espera que el Neófito conozca la verdadera naturaleza de su Ego y tenga una firme determinación de retener ese conocimiento de manera permanente y, así, se libere del cuerpo, creado por permitir que la noción de Yo” se adhiera a un objeto ilusorio.

Ahora vamos a pasar a la consideración de la cantidad mínima de estos logros indispensables para un estudio exitoso del ocultismo. Si el deseo de liberación, lo que constituye el último logro, es sólo moderadamente fuerte, pero el segundo, la indiferencia a los frutos de la acción, está completamente desarrollado y las seis cualidades bien marcadas, el éxito se logra con la ayuda del Maestro, que moldea las futuras encarnaciones del discípulo y suaviza su camino hacia el Adeptado. Pero si todos los logros son igualmente bien marcados, el Adeptado es alcanzado por el discípulo en la misma encarnación. Sin embargo, sin el segundo y cuarto logros, las seis cualidades no riegan sino el desierto. En recientes publicaciones teosóficas se mencionan dos clases de discípulos de los Mahātmas: aceptados y discípulos en período de prueba (celās). La primera clase consiste en aquellos que han adquirido los cuatro logros hasta un cierto punto y que están siendo entrenados prácticamente para el Adeptado en esta vida; a la otra clase pertenecen los discípulos que están capacitándose a sí mismos bajo la guía de los Maestros para lograr su admisión.

Unas pocas palabras pueden decirse aquí con respecto a los que estudian ocultismo sin ninguna intención de aspirar al chelado regular. Es evidente que por el estudio teórico de la Doctrina Esotérica el primero de los cuatro logros puede alcanzarse; el efecto de este en la regulación de la próxima encarnación de una persona nunca será demasiado apreciado. La energía espiritual generada de esta manera provocará el nacimiento en condiciones favorables para la adquisición de las otras cualidades y al progreso espiritual en general.

Uno de los más grandes maestros ocultos de la India dice sobre este punto que un estudio teórico de la filosofía, aunque no vaya acompañado de los logros necesarios, produce más mérito que el cumplimiento de todos los deberes impuestos por las formalidades de la religión, ochenta veces más.

Mohini M. Chatteji

 


1-    Lord   Byron,   The   Giaour,   a   Fragment   of   a   Turkish  Tale,   verso   140,   pág.   7,   John  Murray,  London,  1819.  Hay  una  traducción  castellana  de  José  Arnaldo  Márquez,  El Infiel,  Revista  de  Artes   y   Letras,   Santiago   de   Chile,   Tomo  VIII,   1886,   págs.   428-460,   511-518   y   595-609, reeditada   por   Ricardo  Silva-Santisteban,  en  El  Infiel  de  Lord  Byron:  una traducción  desconocida  de José  Arnaldo Márquezen Boletín del Instituto Riva-Agüero, nº 13, 1984, págs. 315-358, http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/boletinira/article/viewFile/9493/9898 (Nota del Traductor).

 

Notas:

  • Originalmente publicado en la revista The Theosophist, Vol. V, en septiembre del año 1884, págs. 281-283, bajo el título Qualifications for Chelaship”.
  • La traducción fue realizada por integrantes del Centro de Estudios de la Teosofía Original en Argentina.