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Ascetismo

Editorial Mayo 2016

 


Lo más interesante de H. S. Olcott, es su narrativa, él, atesoró una gran cantidad de experiencias, y su visión analítica, supo observar como el ser humano hace esfuerzos extraordinarios, hasta llegar al ridículo, para exhibirse ante los demás, como un ser que ha doblegado su naturaleza inferior y con ello, ha logrado poderes que lo hacen un “dios viviente” entre los hombres. Toda exageración, toda automortificación es una pérdida de tiempo y energía en la tentativa espiritual, Olcott, se revela con hastío ante la falsa postura de las personas que tratan de demostrar superación con todo ese exhibicionismo, él sabe, que cualquier neófito puede caer en la trampa de creer que ese es el camino para lograr superación espiritual. Ninguna postura (Asana), ninguna mortificación, ningún talismán, ningún fetiche, ni Mantrams, puede darle al hombre un elevado estado espiritual. Los talismanes del hombre espiritual son sus virtudes, las cuales tienen una relación directa con su ética y moral, a más elevadas éstas últimas, más elevadas serán sus virtudes. Por lo tanto, lo que más importa en el ascendente sendero espiritual del hombre, es la alquimia que transmutará sus cualidades inferiores, en virtudes superiores, y esto quiere decir también que nada externo puede darnos el pasaporte a estados espirituales superiores, estos sólo pueden ser logrados por una perseverante constancia de elaborar con paciente calma, una visión clara que nos permita identificar, con el mínimo de error, esos obstáculos que nosotros mismos formamos con la arrogancia de nuestros atrevidos actos. En el Movimiento Teosófico, hay sobradas experiencias que desde los primeros tiempos que Olcott comenta, hasta hoy en día siguen ocurriendo, cuando un individuo no logra sus “vanidosas aspiraciones”, seguramente dará el portazo y arremeterá contra aquellos que sólo quisieron ayudarle pero él o ella no quisieron escuchar las advertencias.

Este artículo que hoy ofrecemos como Editorial del mes de mayo, no sólo muestra momentos históricos del Movimiento Teosófico, sino que muestra cómo la superstición, la creencia en la fetichería, la falta de una visión clara por la misma falta de una seria investigación, lleva a muchos, a una inmoralidad espiritual, confundiendo prácticas descendentes con conducta espiritual. Olcott supo ver todo esto, y se le hacía difícil comprender, como hombres, que habían nacido en una tierra que era la cuna de la espiritualidad, y que además disponían de la Teosofía una vez más, se entregaban a esas espantosas prácticas que él sabía que llevaban al hombre a una peor decadencia moral que al parecer continúa, arrastrando a toda la actual humanidad al horror de las guerras, al hambre y las miserias que sufren tantos pueblos hoy en la tierra, por el fanatismo y el egoísmo oscuro del poder.

Presentado por E.S.C.

Integrante del Centro


 

 

No hay ilusión más extendida, entre aquellos que aspiran al conocimiento supremo, que creer que puede llegarse a él por medio de mortificaciones físicas. Es una idea común que las maceraciones del cuerpo, la práctica de la abstinencia, las devociones continuas y las lecturas prolongadas conducen al postulante al umbral mismo de la jñana [gnosis], y más allá aún. Tal era en los primeros tiempos del Cristianismo, la regla de conducta de los solitarios del desierto, lo mismo que de los ermitaños de todas las naciones, que hayan buscado las selvas, las cavernas o las ruinas para refugiarse en ellas. Todavía hoy es sobre eso mismo que se basan igualmente los monjes y los religiosos católicos, los fakires musulmanes y los ascetas hindúes. Las torturas que se infieren estos últimos sobrepasan todo aquello que se puede imaginar en Occidente. Es lo que se llama Hatha Yoga, o Yoga inferior, y sus prácticas extrañas son a veces tan horribles que sublevan. Tradicionales desde hace siglos, estas torturas son las mismas hoy que antes y todas igualmente inútiles. El Lalita Vistara dice que: “las facultades de esos ascetas se debaten en el abrazo hipócrita de sus deseos carnales”. He aquí como son descriptas algunas de sus penitencias:

“Hombres estúpidos, que buscan purificarse por diversos modos de ascetismo y que los enseñan. Los unos se abstienen de pescados y de carne, otros de licores y bebidas alcohólicas. Se nutren otros de raíces, frutos, musgos, hierba-Kusha, hojas, excrementos de vaca [un integrante de uno de los primeros grupos de nuestros chelas (!) hindúes lo hizo antes de unirse a la S.T.], leche cuajada, manteca clarificada y tortas crudas. Inmóviles, sentados en silencio sobre sus piernas plegadas, se esfuerzan en alcanzar la grandeza. Los unos comen una sola vez al día; otros en intervalos de cuatro, cinco, seis días. Los hay que llevan puesta mucha ropa; otros van desnudos. Los unos tienen los cabellos largos e igualmente la barba y las uñas, los cabellos trenzados y se visten de cortezas. Otros llevan talismanes variados; y por esos medios esperan adquirir la inmortalidad y se enorgullecen de su santidad. Hay algunos que se esfuerzan en cumplir su penitencia aspirando el humo o el fuego, mirando el sol, o por medio de los cinco fuegos [es decir, desnudos, bajo un sol de fuego, con cuatro hogueras encendidas alrededor de ellos], teniéndose sobre un pie, o con un brazo perpetuamente levantado, o aun arrastrándose sobre sus rodillas... Todos andan en un mal camino. Toman lo falso por lo verdadero, lo impuro por lo puro [ver para más detalles Yoga Aphorisms of Patanjali de Rajendralala Mitra y su Buddha Gaya, pág. 24 y sig.]”. Mis lectores recordarán mi encuentro, en las Rocas de Mármol a orillas del Nerbuddha, con un Hatha Yogi que había pasado cincuenta y siete años en prácticas de austeridad, comprendiendo en ello la pradakshana o circumambulación, una vez cada tres años, de ese río histórico, y que me preguntaba a mí, un Norteamericano, indigno de limpiar los pies de un verdadero Raja Yogi, ¡cómo controlar su pensamiento! Se lo dije al pobre hombre como lo diré a mis lectores hoy y si se desea una corroboración, no tienen más que leer las enseñanzas de cualquier gran maestro espiritual que haya producido la humanidad.

Ninguno puede imaginarse cuán áspera es la empresa de la conquista propia, la subyugación de los apetitos y las pasiones, la liberación del Yo Superior prisionero en la carne, si uno no lo ha ensayado en sí mismo. Todo esfuerzo de ese género es una tragedia de interés punzante, bien hecha para despertar la simpatía en los corazones de gente de bien y de los “ángeles”. Este es el sentido de las palabras de Jesús: “Hay más alegría en el cielo para un pecador arrepentido, que para noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia”. Y, sin embargo, cuánta es la amarga crueldad del mundo el mundo de los pecadores secretos y respetables, de los hipócritas no desenmascarados cuando una pobre alma no puede franquear la cúspide de la montaña espiritual, por haberle faltado en el momento crítico algunas reservas de fuerza de voluntad. ¡Cómo estas máscaras, al abrigo, condenan al vencido que, sin embargo, ha hecho más que muchas de ellas combatiendo valerosamente para obtener el premio divino! ¡Cómo se embozan en su supuesta inexpugnabilidad, como antaño los fariseos en Jerusalén, rogando en alta voz en las calles, dando gracias a Dios de que sus pecados estén todavía escondidos al mundo, redoblando sus oraciones, sus posturas, sus estúpidas moralidades y sus abstinencias, para engañar y engañarse!

“Y el diablo reía, pues su pecado favorito es el orgullo que simula la humildad”.

Shakespeare ha colocado en la boca de un tal hombre, estas palabras: “Es de este modo que recubro mi bajeza de toda clase de recortes robados a los santos libros y que parezco un santo, cuando soy más vil”.

El fondo mismo de la enseñanza de Jesús, es hacer ver, que mientras el corazón y el espíritu no estén libres de mancha, todas las formas y ceremonias externas, no son más que hipocresías. También esa era la doctrina de su glorioso predecesor, el Buddha, el cual ha descrito con detalle y condenado, todas las formas de la hipocresía, del orgullo espiritual y la ceguera. Había empezado su preparación a las luchas futuras, con Mara debajo del árbol Bodhi, aprendiendo y practicando, él mismo, todos los sistemas del Hatha Yoga, describiendo su inutilidad, cuando se usen para la Salvación. Unicamente, la Pureza del Corazón y del Espíritu, permite alcanzar la Bienaventuranza. Así era su doctrina, así era igualmente la enseñanza del Mahabharata [Secc. CXCIX, Vana Parva], donde se lee:

“Son aquellas almas nobles que no pecan por palabra, acción, ni por el corazón o el pensamiento las verdaderamente ascéticas y no aquellas que arruinan sus cuerpos por ayunos y penitencias. Aquel que no tiene sentimientos bondadosos para con sus semejantes, no está libre de pecado, aún cuando su cuerpo se hallase puro. La dureza de corazón es el enemigo de su ascetismo. Y aún más, el ascetismo no es una simple abstinencia de los placeres mundanos. Aquel que es puro y circundado de virtudes, aquel que practica la bondad toda su vida aquel es un Muni [asceta] aún cuando lleve una vida doméstica”.

La Sociedad Teosófica es como un campo de batalla de combatientes espirituales que buscan vencerse a sí mismos; podemos observar una larga cadena de supuestos chelas caídos y amontonados como ladrillos. Los hubo que, no resignándose a su suerte y no reconociendo por verdadera causa de ello una presunción exagerada en su fuerza moral, fueron en contra de H.P.B. y de otros más grandes que ella. Recientemente volví a leer The Path y mi vista cayó sobre un artículo de ella titulado “Los Mahatmas Teosóficos”1 que fue motivado por el ridículo pronunciamiento de una mujer histérica en Estados Unidos, y de otro personaje que no habiendo podido llegar a ser adeptos, ¡volvieron “con los pies ensangrentados y el espíritu humillado” a Jesús! ¡Cómo los abruma la leona herida con su desprecio; cuán claramente define lo que puede traer al aspirante a proximidad de los escondidos sabios o lo que de ellos lo aleja! Ella les pregunta a todos los que se declaran contrariados:

“¿Habéis llenado todas vuestras obligaciones y vuestras promesas? Vosotros que queréis hacer recaer la censura sobre la Sociedad y los Maestros que son la encarnación de la caridad, de la tolerancia, de la justicia y del amor universal. ¿Habéis llevado la vida necesaria y llenado las condiciones de la candidatura? Que se levante y proteste aquél que sienta en su alma y conciencia que no ha errado gravemente jamás, ni una vez tan sólo, que nunca ha puesto en duda la sabiduría de su Maestro, que en su impaciencia de adquirir los poderes ocultos no ha buscado otro Maestro, ni traicionado su deber de teósofo, ni en acción ni en pensamiento. Hace once años que la Sociedad Teosófica existe [esto fue escrito en 1886] y no he conocido entre los setenta y dos chelas admitidos regularmente al noviciado y los centenares de candidatos laicos, sino tres sujetos que no hayan todavía caído enteramente y uno sólo que haya obtenido pleno éxito. ¿Y en el conjunto de la Sociedad fuera de las Indias, quién entre esos miles lleva la vida necesaria? ¿Dirán acaso, que se es teósofo, según el corazón de los Maestros porque se es estrictamente vegetariano los elefantes y los bueyes lo son también o porque se guarda el celibato después de una juventud disipada de otro modo? El hábito no hace al monje y los cabellos largos y la frente vagamente poética no hacen al que busca la sabiduría divina”. Y ella hace entonces el cuadro de los miembros de la sociedad como la percibe su ojo clarividente: “maldad, maledicencia, falta de caridad, críticas, batallas incesantes y concierto de reproches mutuos”.

He recibido un día una severa reprimenda de un Maestro en Bombay, porque vacilaba en recibir a un miembro, un hombre resuelto que había sido perseguido y hasta preso bajo un pretexto cualquiera por cristianos fanáticos. Se me hizo ver interiormente el conjunto de mis colegas y comprender que a pesar de la abundancia de sus buenas intenciones, las nueve décimas de entre ellos estaban pecando secretamente a causa de la debilidad de sus fibras morales. Esto fue para mí una lección para toda la vida y después me abstuve de juzgar a mis asociados, en su mayoría ni más débiles ni más imperfectos que yo mismo, quienes si no llegaban a salvar la montaña, se izaban penosarnente, pero con obstinación como yo, hacia la cima. Hace muchos años llegando yo por primera vez a Bombay H.P.B. me dijo, que varios de los Mahatmas reunidos habían hecho pasar ante ellos una corriente de luz astral que llevaba el reflejo psíquico de todos los entonces miembros hindúes de la Sociedad Teosófica2. Ella me rogó adivinara cuál era la imagen más brillante. Propuse enseguida la de un joven Parsi de Bombay, entonces miembro eminente, activo y abnegado. Me contestó riendo que al contrario, no era nada brillante y que el más resplandeciente moralmente, era un pobre gentil hombre Bengalí, que se había dado a la bebida. El Parsi nos abandonó más tarde y nos hizo una oposición activa; el Bengalí se corrigió y en estos momentos es un piadoso asceta. Ella me explicó entonces, que ciertos hábitos viciosos y sensuales afectan a menudo el yo físico, sin dejar señales permanentes en el yo interior. En estos casos, la naturaleza espiritual es muy vigorosa para expulsar esas máculas exteriores, después de corta lucha. Pero si se alientan los malos hábitos y si en ellos persistimos, concluyen por sobrepasar la fuerza de resistencia del alma y el hombre se corrompe enteramente. Tantrikas, europeos, tanto como hindúes, han enseñado esta perniciosa doctrina, que el postulante a ocultismo puede destruir el deseo satisfaciéndolo y agotándolo. Abandonarse voluntariamente a la lujuria, al orgullo, a la avaricia, a la ambición, al odio, a la cólera, todas igualmente dañinas para el psíquico, es todo lo contrario que caer de tiempo en tiempo, sin premeditación y solamente por debilidad moral en la hora crítica, en uno u otro de esos pecados. De aquello uno se levanta y hasta fácilmente, cuando la facultad moral es bastante fuerte. Pero el abandono voluntario a las pasiones, conduce inevitablemente a la degradación moral y a la caída en el abismo. Escuchad la Voz del Silencio:

“No creáis que el vicio pueda ser destruido por la satisfacción o la saciedad pues eso es una abominación inspirada por Mara. Es nutriendo el vicio que él crece y se fortifica, asemejándose al gusano que se harta en el corazón de la flor por abrir”.

Todavía un recuerdo más. Hace mucho tiempo, en los comienzos de la Sociedad, cierto teósofo se impuso el celibato y pidió su admisión como chela. Durante cierto tiempo se comportó bien, luego sucumbió: la carne era muy fuerte. Este hombre cesó de ocupar una situación activa en la Sociedad durante un largo tiempo, años pasaron, pero más tarde, reuniendo todas sus fuerzas, tentó un nuevo ensayo. Se le dijo que, cincuenta caídas, no destruían la esperanza de llegar y que la victoria era aún posible en la penúltima hora. “Prepárate para estar prevenido con tiempo. Si en la tentativa sucumbes, ¡oh combatiente intrépido! no te descorazones a pesar de ello; sigue luchando y vuelve de nuevo a la carga una y otra vez” (La voz del silencio).

El joven miembro de la Sociedad Teosófica, volvió al combate obteniendo la victoria y es ahora uno de los miembros más activos y respetados de la Sociedad.

Algunos occidentales habrán leído en el Mahabharata, la historia de la caída del poderoso Rishi Visvamitra, vencido por pasiones carnales. Este adepto entre los adeptos, este Maha Yogui había adquirido por continuados siglos de ascetismo, un poder espiritual tan terrible, que Indra mismo temblaba en su trono celeste. Deseando humillar al Rishi, el Dios tomó consejo de Menaka, la primera de las Apsaras (ninfas celestes), para saber como conseguirlo. La bella y delicada Menaka se presentó como habíase convenido, ante Visvamitra en su ermita, armada de todos los encantos seductores, fingiendo timidez y huida. He aquí que el condescendiente Maruta, dios de los vientos, envió súbitamente una brisa que la despojó de sus vestidos, y como una nueva Friné, expuso sus encantos a las miradas sorprendidas del Rishi. Inmediatamente los deseos sexuales, tan dormidos hacía tiempo por falta de tentación se despertaron y él la requirió; se casó, y una hija, la adorable Sakuntala, fue el fruto de esa unión.

“Que aquel que esté de pie, se cuide de caer”, ha dicho Jesús de Nazaret.

 

Henry S. Olcott

 


1- Este artículo de H. P. Blavatsky apareció originalmente en la revista The Path Vol. I, diciembre de 1886, págs. 257-263, bajo el título The Theosophical Mahatmas. Una traducción completa del mismo puede encontrarse aquí: Los Mahatmas Teosóficos. (Nota de los Editores)

2- Todas las cosas en la naturaleza física se encuentran reflejadas en imágenes invertidas, al igual que en un espejo, en la Luz Astral.

 

Notas:

  • Originalmente publicado en The Theosophist Vol. XIII, febrero de 1892, págs. 257-261, bajo el título “Asceticism”.
  • La traducción fue tomada de la revista América Teosófica, Año 1, Numero 2, enero-febrero-marzo de 1973. Para la presente publicación se le realizo pequeñas modificaciones en base al original, por los integrantes del Centro de Estudios de la Teosofía Original en Argentina.