Aumentar Tamaño del texto
Disminuir Tamaño del texto

Diálogos Sobre los Misterios de los Estados Después de la Muerte

ACERCA DE LA CONSTITUCIÓN DEL HOMBRE INTERNO Y SU DIVISIÓN

 

Editorial Octubre 2016

 


En los “Cuatro Peldaños del Conocimiento”, siendo el primero “Karma”, el segundo es “Reencarnación” le sigue “El Septenario”, y el último es “El Plan Divino” o “Plan de Evolución”.

Estos cuatro peldaños están íntimamente ligados entre si, El Plan Divino, es el hilo que enhebra todos estos peldaños. Entonces, para comprender como funciona este Plan, cada uno de estos peldaños debe ser estudiado de manera individual y luego estudiarlos en conjunto, porque estos Cuatro Peldaños, trabajan al unísono en todo el Universo. Sin el conocimiento de Karma, no será posible entender la Ley de Ciclos que hace posible la Reencarnación, pero para saber que es lo que reencarna, es necesario saber como el ser humano está compuesto, lo que equivale a conocer su composición Septenaria. Esta composición es el gran misterio a investigar, pues desde el centro de esta Doctrina, se puede comprender como funciona Karma en la Individualidad y como la personalidad que es formada en cada encarnación, está obligada a sufrir los resultados de las anteriores vidas físicas.      

Bien, nadie mejor que H.P.B. para explicar todo este misterioso proceso en que las Almas entran y salen de la vida física, bajo las leyes que gobiernan armoniosamente estos procesos. La muerte, se va desvaneciendo como castigo, como único fin, como infierno, esta se va comprendiendo como parte esencial de la Evolución, como eterna renovación, como también es tan importante para el resumen de cada vida en Devachan, pero a la vez retornamos a nuestra verdadera esencia, la cual evita que en los procesos de encarnación, olvidemos por completo que la vida en la materia, es una pequeña fracción de tiempo, en que se debe aprovechar para aprender e incorporar todo el Conocimiento que se pueda, por que en él reside la libertad que comienza en la materia y culmina con Nirvana.  

Presentado por E.S.C.

Integrante del Centro


 

 

M. Es cierto que es muy difícil y,como usted agrega,desconcertante” comprender correctamente y distinguir entre los varios aspectos que nosotros llamamos los “principios” del verdadero Ego. Especialmente cuando existe una diferencia significativa en la enumeración de estos principios por parte de las distintas escuelas orientales, aunque en esencia, la enseñanza de cada una de ellas radica en el mismo substrato.

X. ¿Se está refiriendo a los vedantinos? Creo que ellos dividen nuestros siete “principios”sólo en cinco.

M. Así es. Sin embargo, aunque no pretenda discutir el punto con un vedantino erudito, mi opinión personal es que tienen una razón obvia para adherirse a su enumeración. Según ellos, el Hombre es sólo ese agregado espiritual compuesto por varios aspectos mentales, mientras el cuerpo físico es simplemente algo insignificante, una simple ilusión. Sin embargo, el Vedanta no es la única filosofía que se atiene a este cálculo. Lao-Tze, en su Tao-te-King, menciona sólo cinco principios, ya que él, análogamente a los vedantinos, omite dos principios: el espíritu (Atma) y el cuerpo físico, definiendo a este ultimo como “el cadáver”. En el caso de la escuela Taraka Raja Yoga, esta reconoce sólo tres “principios”, pero en realidad, el total es seis; ya que Sthulopadhi o cuerpo físico en jagrata o estado de vigilia conscienteSukshmopadhi, el mismo cuerpo en svapna o el estado de sueño, y Karanopadhi o “cuerpo causal”, lo que pasa de una encarnación a otra, son todos duales en sus aspectos. Si a estos seis se le agrega Atma, el principio impersonal divino o el elemento inmortal en el Hombre, indisoluble del Espíritu Universal, tendremos nuevamente los mismos siete, como en la división esotérica1.

X. Se parece mucho a la división de los cristianos místicos: cuerpo, alma y espíritu.

M. Es la misma. Podríamos fácilmente considerar el cuerpo como el vehículo del “Doble vital”; el doble vital, el vehículo de la Vida o Prana; y a Kamarupa o alma (animal), el vehículo de la mente superior e inferior, coronando, al final, estos seis principios con el espíritu inmortal uno. En Ocultismo, todo cambio calificativo en el estado de nuestra conciencia otorga al ser humano un nuevo aspecto que, si prevalece y se integra al Ego viviente y activo, debe recibir (y en realidad recibe) un nombre particular, para distinguir el ser en ese estado peculiar, del ser que es cuando entra en otro estado.

X. Esta es la parte que es tan difícil de comprender.

M. En realidad, me parece muy simple, una vez entendida la idea principal según la cual el ser humano actúa en este plano de conciencia o en otro, en perfecta armonía con su condición mental y espiritual. Tal es el materialismo de la edad, en cuanto, mientras más explicamos, menos personas parecen poder comprender lo que decimos. Si usted prefiere, divida el ser terrenal, llamado hombre, en tres aspectos principales, pero, a menos que lo convierta en un animal, esto es todo lo que se puede hacer. Consideremos su cuerpo objetivo, el principio del sentimiento —que sólo es un poco más elevado que el elemento instintivo en el animal— o el alma vital elemental y su alma racional o espíritu”, la cual lo coloca inconmensurablemente más allá del animal, haciéndolo superior a este. Ahora bien, ¿si tomamos estos tres grupos o entidades representativas y las subdividimos según la enseñanza oculta, qué obtenemos?

En primer lugar, el Espíritu (en el sentido del todo Absoluto y por lo tanto indivisible) o Atma. En verdad no deberíamos llamarlo un principio “humano”, porque la filosofía jamás podrá localizarlo ni condicionarlo, siendo simplemente lo que es, en la Eternidad, y como todo, no puede estar ausente, ni siquiera, del punto geométrico o matemático más diminuto del universo material o de la sustancia. En el mejor de los casos, es el punto en el Espacio metafísico que la Mónada humana y su vehículo, el hombre, ocupan durante el lapso de cada vida. Ahora bien, ese punto es tan imaginario como el ser humano mismo y, en realidad es una ilusión, maya. Sin embargo, para nosotros y los demás Egos personales, somos una realidad durante este momento ilusorio llamado vida, y debemos tomarnos en consideración, al menos en nuestra fantasía, si nadie más nos considera. El Ocultismo lo llama el séptimo principio, la síntesis del sexto, proporcionándoleBuddhi, el Alma Espiritual, como vehículo. Hace esto para que se vuelva más inteligible al intelecto humano cuando se dedica, por primera vez, al estudio del Ocultismo para solucionar el abecé del misterio del hombre. Ahora bien, Buddhi oculta un arcano que no se revela a nadie, exceptuando a los chelas que han dado su promesa irrevocable y en los cuales se puede confiar sin peligro. Por supuesto, el asunto sería menos confuso si pudiéramos divulgarlo, sin embargo, se custodia con cuidado porque está directamente relacionado con el poder de proyectar el doble de forma consciente y deliberada. Esta es una capacidad que, análogamente al “anillo de Giges”, puede resultar fatal para la humanidad en general y para el poseedor de esta facultad en particular. La clave del misterio se divulga, completamente, sólo a los adeptos puestos a prueba e impermeables a la tentación… Evitemos las cuestiones secundarias y atengámonos a los “principios”. Esta alma divina o Buddhi es el Vehículo del Espíritu. En conjunción, estos dos son uno, impersonales y sin ningún atributo (en este plano obviamente), y constituyen dos “principios” espirituales. Si pasamos al Alma Humana (manas, mens), todos convendrán con que la inteligencia humana es, al menos, dual: el ser mentalmente elevado difícilmente se convertirá en mentalmente bajo. Un abismo separa al ser intelectual dotado de una mente espiritual y al ser obtuso, torpe, material y, podríamos decir, mentalmente animal. Entonces, ¿por qué estos seres no deberían ser representados por dos “principios” o mejor dicho, aspectos? Cada ser humano posee estos dos principios en sí, uno más activo que el otro y, en casos raros, durante la vida, el crecimiento de uno de los dos se atrofia completamente o, podríamos decir, se paraliza, debido a la fuerza y predominancia del otro aspecto. Estos son los que llamamos los dos principios o aspectos de Manas: uno superior y el otro inferior. El Manas superior o el Ego consciente y pensante, gravita hacia el Alma Espiritual (Buddhi). El Manas inferior o su principio instintivo se dirige hacia Kama, el asiento de los deseos animales y las pasiones humanas. Entonces, cuatro “principios” son justificados. Ahora bien, los últimos tres son: primero el “Doble”, que hemos convenido en llamarlo Proteico o Alma Flexible, el cual es el vehículo del segundo: el principio vital y el tercero es el cuerpo físico. Por supuesto, ningún fisiólogo ni biólogo aceptará dichos principios, ni siquiera los comprenderá. He aquí el por qué, quizá ninguno de ellos entienda, hasta la fecha, la función del bazo, el vehículo físico del Doble Proteico, o de un cierto órgano que reside en el lado derecho del ser humano, el asiento de los susodichos deseos. Además, estos científicos no saben nada de la glándula pineal, limitándose a describirla como una glándula callosa que contiene algunos granitos de arena, aunque, en realidad, es la clave hacia la conciencia más elevada y divina en el ser humano, su mente omnisciente, espiritual y omniabarcante. Este apéndice, aparentemente inútil, es el péndulo que, una vez que el mecanismo del ser interno ha sido debidamente preparado, transporta la visión espiritual del Ego a los planos perceptivos superiores, donde el horizonte que se le abre es casi infinito...

X. Sin embargo, los científicos materialistas afirman que después de la muerte humana nada permanece. El cuerpo humano se desintegra simplemente en sus elementos constituyentes y lo que llamamos alma es una simple autoconciencia temporal, el efecto de la acción orgánica, que se disipará como el vapor. ¿No es este, un estado mental extraño?

M. No es extraño para nada. Si según ellos la autoconciencia cesa con el cuerpo, entonces, en su caso, enuncian sencillamente una profecía inconsciente; ya que una vez que están firmemente convencidos de lo que afirman, no es posible que tengan ningún tipo de consciencia ultraterrena.

X. Sin embargo, ¿si según la regla, la autoconciencia humana sobrevive a la muerte, por qué deberían existir excepciones?

M. En las leyes fundamentales del mundo espiritual, las cuales son inmutables, no existen excepciones. Sin embargo, hay reglas para los que ven y reglas para los que prefieren permanecer ciegos.

X. Entiendo que así sea. Es una aberración de un ciego, el negar la existencia del sol sólo porque no lo vea. Sin embargo, ¿después de la muerte, su vista espiritual lo obligará a ver?

M. No lo obligará; ni siquiera verá nada. Al haber pasado su existencia negando una vida ultraterrena, no podrá percibirla y como sus sentidos espirituales han sido atrofiados, no podrán desarrollarse después de la muerte, así que permanecerá ciego. Usted, al insistir que él debe ver, evidentemente quiere decir una cosa y yo otra. Usted habla del espíritu procedente del Espíritu o de la llama proveniente de la Llama, en síntesis, de Atma, confundiéndolo con el alma humana: Manas... Usted no me entiende, permítame aclarar el asunto. La esencia de su pregunta consiste en saber si es posible, después de la muerte, en el caso de un materialista inveterado, perder completamente la conciencia y la percepción de sí. ¿Es esta su pregunta? Yo digo que es posible porque, creyendo firmemente en nuestra Doctrina Esotérica, que considera el período después de la muerte o el intervalo entre dos vidas o nacimientos, como un estado puramente transitorio, afirmo que, ya sea que ese interludio, entre dos actos del drama ilusorio de la vida, dure un año o un millón, el estado después de la muerte puede, sin infringir la ley fundamental, ser el mismo estado que el de un ser humano sumido en un desmayo mortal.

X. ¿Cómo es posible esto, si las leyes fundamentales del estado después de la muerte no admiten ninguna excepción, según lo que usted acaba de decir?

M. No estoy diciendo que admiten excepciones. Sin embargo, la ley de continuidad se aplica sólo a las cosas que son verdaderamente reales. Quien ha leído y entendido el Mandukya Upanishad y el Vedanta Sara, tendrá claro lo antedicho. Agregaré que es suficiente comprender lo que queremos decir con el término Buddhi y la dualidad de Manas, para percibir nítidamente el por qué los materialistas pueden no experimentar una sobrevivencia autoconsciente después de la muerte. Depende del hecho de que Manas, en su aspecto inferior, es el asiento de la mente terrenal y, por lo tanto, puede proporcionar esa percepción del Universo que estriba en la prueba de dicha mente y no en nuestra visión espiritual. Según nuestra escuela Esotérica, entre Buddhi y Manas o Iswara y Pragna2, existe una diferencia análoga a aquella entre una selva y sus árboles, un lago y su agua, esta igualmente es la enseñanza de Mandukya. Un árbol o un centenar de árboles muertos por pérdida de vitalidad o erradicados, no pueden impedir a la selva de ser tal. La destrucción o la muerte de los estados después del fallecimiento de una personalidad eliminada de la larga serie, no causará el más pequeño cambio en el Ego Espiritual divino, que siempre seguirá siendo el mismo Ego. La única diferencia es que, en lugar de experimentar el Devachan, deberá reencarnar inmediatamente.

X. Según entiendo, en esta analogía Ego-Buddhi representa la selva y las mentes personales los árboles. ¿Si Buddhi es inmortal, cómo es posible que su concomitante: Manas-taijasi3, pierda completamente su conciencia hasta el día de su nueva encarnación? No puedo comprenderlo.

M. Usted no puede porque mezcla una representación abstracta del entero con sus cambios casuales de la forma, y porque confunde Manas-taijasi, el alma humana iluminada por Buddhi, con el manas inferior animalizado. Tenga presente que, si es posible decir que Buddhi es incondicionalmente inmortal, esto no es aplicable a Manas y aun menos a taijasi, que es un atributo. No hay ni conciencia después de la muerte ni Manas-Taijasi separado de Buddhi, el alma divina, porque Manas es, en su aspecto inferior, un atributo calificativo de la personalidad terrenal y taijasi es idéntico a Manas con la sola diferencia que lo ilumina la luz de Buddhi. En el caso de Buddhi, este permanecería siendo simplemente un espíritu impersonal sin dicho elemento que toma prestado del alma humana, condicionándolo y convirtiéndolo, en este universo ilusorio, en algo aparentemente separado del alma universal durante todo el período de la encarnación cíclica. Podemos decir que Buddhi-Manas no puede morir ni perder su autoconciencia, compuesta en la Eternidad, ni el recuerdo de sus encarnaciones previas durante las cuales, el alma espiritual y humana han sido íntimamente ligadas. Esto no acontece en el caso de un materialista, cuya alma humana no sólo no recibe nada del alma divina, sino que hasta rechaza reconocer su existencia. No es posible aplicar este axioma a los atributos y a las calificaciones del alma humana, pues correspondería a decir que, como su alma divina es inmortal, así lo es la refulgencia de su mejilla, la cual es un fenómeno simplemente transitorio, así como lo es taijasi o el resplandor espiritual.

X. ¿Está usted diciendo que no debemos confundir el nóumeno con el fenómeno, la causa con su efecto?

M. Exactamente. Además repito que, en el caso de Manas o el alma humana, la refulgencia de Taijasi se convierte en una simple cuestión de tiempo porque, después de la muerte, el binomio inmortalidad y conciencia se vuelve, para la personalidad terrenal humana, sencillamente en atributos condicionados en cuanto dependen, enteramente, de las condiciones y creencias elaboradas por el alma humana durante la vida de su cuerpo. Karma actúa incesantemente; en nuestra vida ultraterrena cosechamos sólo el fruto de lo que hemos sembrado o mejor dicho, creado en nuestra existencia terrenal.

X. Sin embargo, ¿si después de la destrucción del cuerpo, mi Ego puede sumergirse en un estado de completa inconsciencia, dónde está el castigo para los pecados de mi vida pasada?

M. Según la enseñanza de nuestra filosofía, el castigo Kármico alcanza al Ego sólo en la próxima encarnación. Después de la muerte recibe únicamente la recompensa por los sufrimientos inmerecidos, experimentados durante la existencia que ha llegado a término4. Entonces, aun en el caso del materialista, el castigo después de la muerte, consiste en la ausencia de cualquier recompensa y la completa pérdida de dicha consciente y del reposo. Karma es el hijo del Ego terrenal, el fruto de las acciones del árbol, que es la personalidad objetiva visible a todos y el fruto de todos los pensamientos y los motivos del “Yo” espiritual. Sin embargo, Karma es también la madre tierna que sana las heridas que infligió en la vida previa, antes de empezar a torturar a este Ego con otras nuevas. Si se puede decir que en la vida de un mortal no hay sufrimiento mental o físico que no sea el fruto y la consecuencia de algún pecado en esta existencia o en la anterior, se puede también decir que, como él no retiene el más mínimo recuerdo de esto en la vida presente y advierte que el castigo impartido es inmerecido, creyendo sinceramente que sufre por algo que no cometió, esto es suficiente para que se otorgue al alma humana el consuelo, el reposo y la dicha más completos en su existencia ultraterrena. Para nuestro yo espiritual, la muerte llega siempre como una liberadora y una amiga. En el caso de un materialista que, no obstante su materialismo, no era un hombre malo, el intervalo entre las dos vidas será como el sueño ininterrumpido y plácido de un niño, ya sea sin ensueños o con imágenes acerca de las cuales no tendrá ninguna percepción definida. Para el creyente será un sueño tan vívido como la existencia, lleno de dicha y visiones realistas. En el caso del ser malo y cruel, ya sea materialista o no, volverá a renacer inmediatamente, sufriendo su infierno en la tierra. La entrada en Avitchi es algo excepcional y raro.

X. Según recuerdo, en algunos Upanishads las encarnaciones periódicas de Sutratma5son análogas a la vida de un mortal que oscila, periódicamente, entre el sueño y la vigilia. Esto no me parece muy claro y le voy a decir por qué. Para el ser humano que despierta, empieza otro día, sin embargo él es el mismo, en alma y cuerpo, que el de ayer; mientras en cada nueva encarnación se verifica un cambio integral, no sólo en su estuche externo, el sexo y la personalidad, sino también en sus capacidades mentales y psíquicas. Por lo tanto, la analogía no me parece ser muy correcta. El ser que despierta en la mañana recuerda muy claramente lo que hizo el día anterior, anteayer, el mes pasado y el año anterior. Pero nadie, entre nosotros, recuerda una vida previa o algún hecho o evento pertinente a ella… Por la mañana puedo olvidarme lo que soñé durante la noche, sin embargo sé que he dormido y tengo la seguridad que estaba viva durante el sueño, mas ¿qué recuerdo tengo de mis encarnaciones pasadas? ¿Cómo reconcilia, usted, esto?

M. A pesar de todo, algunas personas recuerdan sus encarnaciones previas. Los Arhats lo llaman Samma-Sambuddha o el conocimiento de la serie completa de las encarnaciones propias anteriores.

X. ¿Pero nosotros, los mortales comunes, que no hemos alcanzado Samma-Sambuddha, cómo podemos realizar esta analogía?

M. Mediante el estudio y tratando de comprender más correctamente las características de los tres estados de sueño. El sueño es una ley general e inmutable para el ser humano y los animales, sin embargo, existen diferentes clases de sueño y aun más distintos ensueños y visiones.

X. Así es. Pero esta es una digresión. Volvamos al materialista que, si bien no niega los sueños, porque no puede, rechaza la inmortalidad en general y la supervivencia de su individualidad en particular.

M. Por primera vez, el materialista no se equivoca; ya que, para uno que no tiene ninguna percepción interna ni fe, la inmortalidad es algo imposible. A fin de vivir una existencia consciente en los estados después de la muerte, uno debe creer, en primer lugar, en esa vida durante su existencia terrenal. Toda la filosofía de la conciencia ultraterrena y la inmortalidad del alma, gira alrededor del eje de estos dos aforismos de la Ciencia Secreta. El Ego recibe siempre de acuerdo a lo que se merece. Después de la disolución del cuerpo, el Ego empieza un período de plena conciencia clara, un estado de sueños caóticos o un sueño sin ensueños indistinguible del aniquilamiento. Estos son los tres estados de conciencia. Según nuestros fisiólogos, la causa de los sueños y de las visiones es localizable en su preparación inconsciente durante las horas de vigilia. ¿Por qué no podemos admitir lo mismo para los sueños después de la muerte? Lo repito, la muerte es un sueño. Después del fallecimiento, ante la vista espiritual del alma empieza una representación que sigue el programa aprendido y, muy a menudo, compuesto inconscientemente por nosotros, la realización práctica de las creencias correctas o de las ilusiones que nosotros creamos. Un creyente de la iglesia metodista será metodista, un musulmán será un musulmán, momentáneamente, en el paraíso perfecto de un iluso, cuya creación es obra de cada ser humano. Estos son los frutos después de la muerte del árbol de la vida. Naturalmente, ya sea que creamos o no en el hecho de la inmortalidad consciente, esto no puede influenciar la realidad incondicionada del hecho en sí. Sin embargo, creer o no creer en esa inmortalidad como continuación o aniquilación de entidades separadas, incidirá sobre este hecho en su aplicación a cada una de dichas entidades. ¿Ahora, empieza usted a comprender?

X. Pienso que sí. El materialista acepta la vida como la única existencia consciente; ya que cree sólo en lo que los cinco sentidos o el razonamiento científico pueden probarle y rechaza toda manifestación espiritual. Por lo tanto, plasmará su realidad según su creencia. Perderá su Ego personal y se sumirá en un sueño sin ensueños hasta un nuevo despertar. ¿Es así?

M. Casi. Tenga presente la enseñanza esotérica universal de las dos clases de existencia consciente: la terrenal y la espiritual. Esta última hay que considerarla real, debido a que es la región de la causa eterna, inmutable e inmortal de todo; mientras que el Ego reencarnante se reviste con nuevos atuendos, completamente distintos a los de sus encarnaciones previas y todo, exceptuando a su prototipo espiritual, es destinado a un cambio tan radical que no deja ningún vestigio atrás.

X. ¡Deténgase!... ¿Puede la conciencia de mis Egos terrenales perecer, no sólo por un lapso, como la del materialista, sino que en todo caso y de forma tan completa, que no deja huella?

M. Según la enseñanza debe perecer así en su totalidad, excepción hecha por ese principio que, habiéndose reunido con la Mónada, se ha convertido en una esencia puramente espiritual e indestructible, una con ella en la Eternidad. Sin embargo, ¿en el caso de un materialista empedernido, en cuyo “yo personal Buddhi jamás se ha reflejado, cómo puede, este, absorber en las infinidades, una partícula de esa personalidad terrenal? Su “Yo” espiritual es inmortal, sin embargo, de su presente personalidad puede llevar al más allá sólo lo que merece la inmortalidad, es decir, el simple aroma de la flor que la muerte ha cortado.

X. Ahora bien, ¿qué pasa con la flor, el “yo terrenal?

M. La flor volverá al polvo, así como las flores pasadas y futuras que germinaron y murieron para volver a florecer en la rama madre, Sutratma. Cada flor es la prole de una raíz de Buddhi. Como usted sabe, su “Yo” actual no es el cuerpo sentado delante de mí, ni es aún lo que llamaría Manas-Sutratma, sino Sutratma-Buddhi.

X. Pero esto no me explica por qué llama a la vida después de la muerte inmortal, infinita y real, definiendo la terrenal como un simple fantasma o una ilusión, visto que aun esa existencia después de la muerte tiene límites, a pesar de lo más amplios que pueden ser de los de la vida terrenal.

M. Es cierto. El Ego espiritual del ser humano se mueve en la Eternidad como un péndulo, oscilando entre las horas de la vida y de la muerte. Sin embargo, si estas horas que marcan los períodos de la vida terrenal y espiritual son limitadas en su duración y si el número de estos estadios en la Eternidad, entre el dormir y el despertar, la ilusión y la realidad, tiene su principio y su fin, por otra parte el “Peregrino” espiritual es eterno. Por lo tanto, según nosotros, la única realidad son las horas de su vida después de la muerte, cuando, desencarnado, se encuentra cara a cara con la verdad y no con los espejismos de sus existencias terrenales transitorias, durante el período de ese peregrinaje que llamamos “el ciclo de los renacimientos”. Estos intervalos, no obstante su limitación, no le impiden al Ego seguir sin desviarse, aunque gradual y lentamente mientras está siempre perfeccionándose, el sendero hasta su última transformación, cuando ese Ego, habiendo alcanzado su meta, se convierte en el Todo divino. Tales intervalos y estadios facilitan este resultado final, en lugar de obstruirlo. Sin dichos intervalos limitados, el Ego divino jamás podría alcanzar su meta última. Este Ego es el actor y sus numerosas y variadas encarnaciones son los papeles que desempeña. ¿Llamaría usted a estas partes, con sus atavíos, la individualidad del actor mismo? Análogamente al actor, al Ego le corresponde desempeñar muchos roles, algunos quizá desagradables, durante el Ciclo de Necesidad, hasta el umbral del Para-nirvana. Como la abeja liba su miel de cada flor, dejando el resto como nutriente para los gusanos, lo mismo acontece con nuestra individualidad espiritual, ya sea que la llamemos Sutratma o Ego. Liba de toda personalidad terrenal en la que Karma la obliga a encarnar, sólo el néctar de las cualidades espirituales y de la autoconciencia y, al unirlas en un todo, emerge de su crisálida como el Dhyan Chohan glorificado. Desafortunadas estas personalidades terrenales de las cuales no pudo absorber nada e, indudablemente, no podrán sobrevivir de manera consciente a su existencia terrenal.

X. Entonces, parece que para la personalidad terrenal, la inmortalidad es aun condicional. Así, ¿la inmortalidad misma no es incondicional?

M. Para nada. Pero no puede tocar a lo inexistente; ya que todo lo que existe como Sat, siempre anhela a Sat, la inmortalidad y la Eternidad son absolutas. La materia es el polo opuesto del espíritu y aun así los dos son uno. La esencia de todo esto es que: Espíritu, Fuerza y Materia, o los tres en uno, son tan infinitos como son sin principio, sin embargo, la forma que esta triple unidad adquiere durante sus encarnaciones, la exterioridad, es ciertamente una mera ilusión de nuestras concepciones personales. Por eso llamamos realidad sólo a la vida después de la muerte, relegando la existencia terrenal, incluyendo a su personalidad homóloga, al campo fantasma de las ilusiones.

X. Entonces, en tal caso, ¿por qué no llamar el dormir realidad y el despertar ilusión, en lugar de lo contrario?

M. Porque empleamos una expresión elaborada para facilitar la comprensión del tema, y  desde el punto de vista de las concepciones terrenales, es muy correcta.

X. Sin embargo, no entiendo. Si la vida futura estriba en la justicia y la retribución merecidas por todo nuestro sufrimiento terrenal, ¿en el caso de los materialistas, muchos de los cuales son idealmente probos y caritativos, debería permanecer, de su personalidad, sólo el desecho de una flor mustia?

M. Nadie, jamas, ha dicho esto. Ningún materialista, si es un ser bueno, puede morir para siempre en la plenitud de su individualidad espiritual, a pesar de que no crea. Lo que dijimos es que la conciencia de una vida puede desaparecer completa o parcialmente.En el caso de un materialista inveterado, en su serie de vidas no queda ningún vestigio de esa personalidad que no creía.

X. ¿No es este, el aniquilamiento para el Ego?

M. Ciertamente que no. Durante un largo viaje en tren, uno puede dormir como una piedra pasando por una o diversas estaciones sin conservar el mínimo recuerdo o conciencia de esto. Se despierta en una estación dada y sigue su trayecto rememorando otras paradas, hasta que el viaje termina, una vez que llega a su destino. Le mencioné tres clases de sueños: el sin ensueños, el caótico y el que es tan real que para el durmiente sus sueños se tornan en realidades plenas. ¿Si puede creer en este último, por qué no puede creer en el primero? Según lo que uno cree y espera después de la muerte, este es el estado que tendrá. Aquel que no esperaba ninguna vida futura, tendrá un vacío completo, equiparable al aniquilamiento entre los dos renacimientos. Esta es simplemente la realización del programa que mencionamos, cuyo artífice fue el mismo materialista. Sin embargo, como usted dice, existen numerosas clases de materialistas. Una persona egoísta y malvada, que jamás ha sido receptiva al dolor ajeno, sintiendo sólo el suyo, agregando así la indiferencia a su mundo entero de no creencia, en el momento de la muerte debe dejar la personalidad para siempre. Esta personalidad, no teniendo ningún lazo de simpatía con el mundo circundante, nada que engarzar en el hilo de Sutratma, ve interrumpirse, con el último respiro, toda relación entre los dos. Dado que para esta clase de materialista no hay Devachan, Sutratma se reencarnará casi inmediatamente. Pero en el caso de los materialistas que no erraron en nada, excepto en su falta de creencia, saltarán sólo una parada del tren porque dormían. Además: llegará el momento en que el ex-materialista se percibirá a sí mismo en la Eternidad y quizá entonces se arrepienta de haber perdido hasta un día, o parada, de la vida eterna.

X. Sin embargo, ¿no sería más correcto decir que la muerte es nacer en una nueva vida o un retorno, una vez más, al umbral de la eternidad?

M. Usted puede decirlo si así quiere. Pero hay que tener presente que los nacimientos difieren y hay seres que nacen “muertos”, es decir: son fracasos. Además, con sus ideas occidentales tan grabadas acerca de la vida material, las palabras “viviente” y “ser son inaplicables al estado puramente subjetivo de la existencia después de la muerte. Tales ideas han contribuido a vuestras concepciones muy estrechas acerca de la vida y de la muerte. Se pueden omitir sólo algunos filósofos poco leídos y con ideas muy confusas para que puedan presentar un cuadro claro de esto. Dichas ideas han conducido, por un lado, al materialismo burdo y por el otro, a una concepción aun más material de la vida ultraterrena, que los espiritistas tradujeron en la Summer-land [tierra estival]. Ahí, las almas de los seres humanos comen, beben, se casan y viven en un paraíso tan sensual como el de Mahoma, pero menos filosófico. Las concepciones medias de los cristianos incultos no son mejores y quizá más aun materiales, consteladas de ángeles, trompetas, arpas doradas, calles en ciudades paradisíacas pavimentadas de joyas y fuegos infernales, el todo se parece a una escena durante una pantomima navideña. Estas nociones estrechas son la razón por la cual a usted se le dificulta comprender lo antedicho. Además, los filósofos orientales han comparado la vida del alma desencarnada con las visiones durante el sueño, porque, aun poseyendo el brillo de la realidad como en ciertos ensueños, está exenta de toda forma objetiva material de la vida terrenal.

 


1- Véase La Doctrina Secreta para una más clara explicación.

2- Iswara es la conciencia colectiva de la deidad manifestada, Brahmâ, es decir la conciencia colectiva de la hueste de Dhyan Chohans; y Pragna es su sabiduría individual.

3- Taijasi significa el radiante, debido a la unión de Manas con Buddhi, lo humano es iluminado por el brillo del alma divina. Por lo tanto, a Manas-taijasi se le puede describir como la mente radiante, la razón humana alumbrada por la luz del espíritu. Buddhi-Manas es la representación de lo divino más el intelecto y la autoconciencia humana.

4- Algunos Teósofos discrepan con esta frase, sin embargo son las palabras de los Maestros y el sentido dado al adjetivo “inmerecido” corresponde a lo que presentamos anteriormente. En el opúsculo número 6 de la serie de panfletos teosóficos, se usó una frase que quería transmitir la misma idea y que después fue artículo de crítica en la revista Lucifer. Podemos decir que la forma no fluía bien, prestándose, entonces, a la crítica que suscita, sin embargo, la idea esencial era que los seres humanos a menudo sufren los efectos de las acciones ejecutadas por otros, efectos que no pertenecen, rigurosamente hablando, a su Karma, sino al de otras personas. Por lo tanto, merecen ser compensados por estos sufrimientos. Si es verdadero decir que todo lo que nos acontece se debe sólo al Karma, o el efecto directo o indirecto de una causa, sería un gran error pensar que todo el bien y el mal que experimentamos depende sólo de nuestro Karma personal.

5- Sutratma es nuestro principio inmortal y reencarnante en conjunción con los recuerdos Manásicos de las vidas anteriores. El sentido literal de Sutratma es Alma-Hilo, porque las largas series de vidas humanas enhebradas en este hilo es análoga a las perlas en un collar. Manas debe convertirse en taijasi, el refulgente, antes de que pueda ensartarse en Sutratma, como una perla y su hilo, teniendo, entonces, una percepción plena y absoluta de sí en la Eternidad. Como mencionamos anteriormente, una asociación demasiado intima sólo con la mente terrenal del alma humana, causa la pérdida completa de esta refulgencia.

 

Notas:

  • Este artículo fue publicado originalmente en la revista Lucifer de enero del año 1889, vol. 3, Nº 17, págs. 407-416. Si bien no aparece con ninguna autoría, dice número 2, lo que da a entender que es la segunda parte, siendo la primera un artículo que aparece en el número anterior de la revista titulado Dialogo entre los dos Editores, donde M. Collins pregunta y H. P. Blavatsky responde. Por otro lado, en La Clave de la Teosofía, H.P.B. hace referencia a este artículo declarando que contiene porciones de dos capítulos del libro, y reclamando la autoría del mismo.
  • La traducción aparece en el libro Misterios de los Estados Después de la Muerte y otros Escritos editado por The Theosophy Company y publicado en Mexico por Berbera Editores. La misma contiene pequeñas modificaciones para su presente publicación realizadas por los integrantes del grupo de traducción de nuestro Centro.