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Chelas y Chelas Laicos

Por H. P. Blavatsky

[Publicado en el suplemento de The Theosophist Vol. IV, julio 1883 pág 10-11. Titulo Original Chelas and Lay Chelas. Traductor desconocido. Revisado y corregido por el Centro de Estudios de la Teosofía Original de Argentina en julio de 2014.]

 

Dado que la Teosofía ha introducido, entre muchos otros términos, la palabra Chela en la nomenclatura de la metafísica occidental y puesto que la circulación de nuestra revista está en constante ascenso, sería oportuno dar una explicación más definida que la que se ha dado hasta ahora referente al sentido de este término y acerca de las reglas del chelado, para el beneficio de los miembros europeos si no orientales. Entonces un “Chela” es quien se ha entregado él mismo o ella misma como discípulo para aprender, prácticamente, “los misterios ocultos de la Naturaleza y los poderes psíquicos latentes en el ser humano”. En la India, con el término Gurú, se indica el maestro espiritual al cual él propone su candidatura y el Gurú auténtico es siempre un Adepto en la Ciencia Oculta. Es un ser con un profundo conocimiento exotérico y esotérico, especialmente en lo que concierne a este último; y uno quien ha controlado por medio de su Voluntad la naturaleza carnal; ha desarrollado en sí, tanto el poder (Siddhi) para controlar las fuerzas de la naturaleza, como la capacidad de hurgar sus secretos, valiéndose de los poderes de su ser que anteriormente estaban latentes, pero ahora son activos; este es el verdadero Gurú. Ofrecerse como candidato para el chelado es suficientemente fácil, mientras que desarrollarse en un Adepto, es la tarea más ardua que un ser pueda emprender. Hay una profusión de poetas, matemáticos, mecánicos y estadistas “congénitos”; sin embargo, un Adepto congénito es algo prácticamente imposible. Pues, aunque muy raramente se oye hablar de alguien que tiene una extraordinaria capacidad innata para adquirir el conocimiento y el poder ocultos, este individuo también debe pasar los mismos exámenes y período de pruebas, y transitar la misma autodisciplina que cualquier otro compañero aspirante menos dotado. En este aspecto, la mayor verdad, es que no existe ningún camino alfombrado a lo largo del cual, los favoritos pueden viajar.

Fuera del grupo hereditario que se encuentra en el gon-pa (templo), los Chelas fueron durante siglos, escogidos por los Mahatmas del Himalaya en persona, entre la clase de místicos naturales, muy numerosos en Tibet. Las únicas excepciones han sido los casos de hombres occidentales como Fludd, Thomas Vaughan, Paracelso, Pico de la Mirándola, Conde de St. Germain, etc., cuya afinidad temperamental con esta ciencia celestial forzó, en mayor o menor medida, a los Adeptos distantes, a entablar relaciones personales con ellos, dándoles la oportunidad de obtener una tan pequeña (o grande) porción de la verdad plena, según era posible divulgar en su medio ambiente social. En el cuarto Libro de Kiu-te, en el capítulo concerniente a “Las Leyes de los Upasanas”, aprendemos que los requisitos necesarios en un Chela son:

1. Perfecta salud física.

2. Absoluta pureza física y mental.

3. Propósito inegoísta, caridad universal, compasión por todos los seres animados.

4. Veracidad y una fe inquebrantable en la ley de Karma, independiente de cualquier poder en la naturaleza que pudiera interferir: una ley cuyo curso no puede obstruirse por ningún agente, ni ser desviado por oración, o por ceremonias exotéricas propiciatorias.

5. Un coraje valeroso en cada emergencia, aun a costa de la vida.

6. Una percepción intuitiva de que nuestro ser es el vehículo de Avalokitesvara manifestado o Atman Divino (Espíritu.)

7. Una calmada indiferencia, pero una justa apreciación para todo lo que constituye el mundo objetivo transitorio, en su relación con, y para las regiones invisibles.

Estas deben ser, al menos, las recomendaciones de uno que aspira al perfecto chelado. Sólo la primera, en casos raros y excepcionales, puede ser modificada, mientras las demás son objeto de insistencia irrevocable y todas deben haber sido más o menos desarrolladas en la naturaleza interna del Chela por sus propios esfuerzos, antes de que pueda ser puesto, verdaderamente, a prueba.

Cuando el asceta en el camino evolutivo, dentro del mundo activo o fuera de él, según su capacidad natural se ha hecho amo y se ha puesto sobre su (1) Sarira-cuerpo, (2) Indriya-sentidos, (3) Dosha-limitaciones, (4) Dukkha-dolor, y está listo para hacerse uno con su Manas-la mente, Buddhi-el intelecto o inteligencia espiritual y Atma-el alma suprema o espíritu; cuando él está listo para esto y además para reconocer en Atma el regente más elevado en el mundo de las percepciones y en la voluntad, la energía (o poder) ejecutiva suprema, entonces, conforme a las reglas venerables, puede ser tomado bajo la égida de uno de los Iniciados. Ahora se le podrá mostrar el sendero misterioso en cuyo final, al Chela se le enseña el discernimiento infalible de Phala o los frutos de causas producidas, entregándole los medios para alcanzar Apavarga, la emancipación de la miseria de los renacimientos cíclicos (en cuya determinación el ignorante es impotente), evitando así, Pratya-bhava, la transmigración.

Pero desde el advenimiento de la Sociedad Teosófica, una de cuyas arduas tareas consistía en volver a despertar en la mente aria la memoria latente de la existencia de esta ciencia y de estas capacidades humanas trascendentales, las reglas de la selección del Chela, desde un punto de vista, se han hecho ligeramente relajadas. Muchos miembros de la Sociedad Teosófica se postularon como candidatos al chelado porque la prueba práctica que se les dio, sobre los puntos anteriores, los convenció y lógicamente pensaron que, si otros seres humanos han alcanzado la meta, también ellos, si estaban inherentemente preparados, podrían realizarla, siguiendo el mismo camino. Vista su insistencia, se les otorgó la oportunidad de, al menos, comenzar, ya que hubiera sido una interferencia con el Karma negársela. Hasta la fecha, los resultados han sido muy poco alentadores y se ordenó la recopilación de dicho artículo a fin de mostrar a estos desdichados la causa de su fracaso y poner alerta a otros que sin pensar, quisieran precipitarse en un destino similar. A pesar de que los candidatos en cuestión fueron advertidos con anticipación, empezaron cometiendo el error de mirar egoístamente al futuro, perdiendo de vista el pasado. Se olvidaron que no habían hecho nada para merecer el raro honor de la selección, nada que les garantizara tal privilegio al cual sentían tener derecho y que no podían ufanarse de ninguno de los méritos enumerados. Como seres humanos del mundo sensual y egoísta, casados o solteros, comerciantes, empleados, soldados o catedráticos, todos habían pasado por una escuela más calculada para asimilarlos con la naturaleza animal que para desarrollar en ellos las potencialidades espirituales. Sin embargo, cada uno de ellos era tan vanidoso que suponía que en su caso, se haría una excepción a la ley establecida en un pasado remoto, como si en realidad, en su persona ¡hubiese nacido un nuevo Avatar en el mundo! Todos esperaban que se les enseñaran las cosas ocultas y que se les entregaran poderes extraordinarios sólo por haberse unido a la Sociedad Teosófica. Sin embargo debemos ser justos y decir que algunos determinaron mejorar sinceramente sus vidas, abandonando la mala conducta.

Al principio fueron rechazados todos, empezando por el Coronel Olcott, el Presidente y no hacemos ningún mal en decir que no fue aceptado formalmente como Chela hasta que probó, por más de un año de duro trabajo devoto y una determinación inquebrantable, que podía ser puesto a prueba sin peligro. Entonces, por todos lados se oyeron quejas de los hindúes, que debieron haber sido más perceptivos y de los europeos, los cuales obviamente no estaban en la condición de saber nada acerca de las reglas. Clamaban que si no se daba la oportunidad de probar a unos pocos teósofos, la Sociedad homóloga no podía sobrevivir. Todo otro aspecto noble y altruista de nuestro programa fue ignorado y en la febril carrera hacia el adeptado, se pisotearon y se perdieron de vista el deber de uno hacia su prójimo, su país, su deber de ayudar, iluminar, alentar y elevar a los más débiles y menos afortunados que él. En todo círculo resonaba el pedido por los fenómenos y sólo los fenómenos; los Fundadores no podían llevar a cabo su verdadero trabajo porque se les importunaba a fin de que intercedieran con los Mahatmas, la fuente de la verdadera queja, aunque fueron sus pobres agentes el blanco de todo ataque. Al final, las autoridades superiores accedieron a que unos pocos de los candidatos más insistentes, podían ser aceptados por lo que eran. Quizá el resultado del experimento muestre de forma más clara que cualquier sermón, lo que implica el chelado y cuáles son las consecuencias del egoísmo y de la temeridad. Cada candidato fue advertido que debía esperar años antes de que se probara su idoneidad y que debía pasar por una serie de pruebas que llevarían a la superficie todo lo que había de bueno o malo en él. La mayoría eran hombres casados, por eso se les denominó “Chelas Laicos”, un neologismo en español; sin embargo su sinónimo era muy antiguo en los idiomas asiáticos. Un Chela Laico es una persona del mundo que anhela firmemente convertirse en un sabio en las cosas espirituales. Virtualmente, cada miembro de la Sociedad Teosófica que acepte el segundo de los tres “Objetivos Declarados”, es un Chela Laico. Aunque no pertenezca al número de los Chelas auténticos, tiene la posibilidad de convertirse en tal, porque ha atravesado el confín que lo separaba de los Mahatmas y podríamos decir que se ha hecho notar por Ellos. Al unirse a la Sociedad Teosófica y al comprometerse en ayudar al trabajo, ha dado su promesa de actuar, en cierto grado, en armonía con esos Mahatmas, por cuya instancia se organizó la Sociedad y bajo cuya protección condicional permanece. Unirse a ella es simplemente, la introducción, todo el resto depende plenamente del miembro, que nunca deberá esperar el más pequeño “favor” por parte de uno de nuestros Mahatmas o de algún otro Mahatma en el mundo (si este último decidiera hacerse conocer), si no fuese el fruto completo de su mérito personal. Los Mahatmas son los servidores de la Ley de Karma y no los árbitros. El chelado laico no otorga ningún privilegio a nadie excepto el de trabajar por el mérito, bajo la observación de un Maestro. Que el Chela vea o no el Maestro no altera el resultado; sus pensamientos, sus palabras y acciones buenas fructificarán, así como las malas. Ufanarse del chelado laico u ostentarlo, es la manera más certera para reducir la relación con el Gurú a algo simplemente nominal; ya que sería una prueba prima facie de vanidad e incapacidad para un progreso posterior. Durante años hemos enseñado siempre la máxima “Primero merece y luego desea” una relación íntima con los Mahatmas.

Ahora bien en la naturaleza obra una ley terrible, inalterable y cuya operación aclara el aparente misterio de la selección de ciertos “Chelas” que en estos años pasados han resultado ser tristes ejemplos morales. ¿Recuerda el lector, el antiguo proverbio: “dejemos tranquilos a los perros dormidos”? Este encierra un mundo de significados ocultos. Ningún hombre o mujer conoce su fuerza moral hasta que es puesta a prueba. Miles llevan vidas respetables porque jamás se han visto acorralados. No cabe duda que esta es una verdad común; pero es muy pertinente en el caso en cuestión. Aquél que trata de emprender el chelado, despierta y exacerba, hasta la desesperación, toda pasión latente de su naturaleza animal. Este es el comienzo de una lucha por el dominio de nosotros, en la cual no hay espacio para la indulgencia; ya que implica, de una vez por todas: “Ser o No ser”. La victoria conduce al Adeptado, la derrota a un Martirio innoble; porque caer víctima de la lujuria, el orgullo, la avaricia, la vanidad, el egoísmo, la cobardía o cualquier otra de las tendencias inferiores es en realidad, algo innoble para el parámetro de un verdadero ser humano. El Chela, no sólo es llamado a encarar todas las proclividades malas latentes en su naturaleza, sino también todo el poder maléfico acumulado por la comunidad y la nación a las cuales pertenece; ya que es parte integrante de esos agregados y lo que influencia al ser humano individual o a la colectividad (ciudad o nación), repercute sobre el otro. En este caso, la batalla que ha librado en favor de la bondad, desarmoniza todo el conjunto de la maldad en su ambiente, la cual reacciona precipitando su furia sobre él. Si está satisfecho con seguir la corriente de sus semejantes, siendo casi como ellos (quizá un poco mejor o algo peor de lo ordinario), no atraerá la atención de nadie. Sin embargo, tan pronto como se sabe que ha podido detectar la vaciedad del teatro de la vida social, su hipocresía, egoísmo, sensualidad, codicia y otros aspectos negativos y ha tomado la determinación de levantarse a un nivel superior, inmediatamente se convierte en el objeto de odio y toda naturaleza negativa, fanática o malévola, le envía una corriente que se opone a su poder de voluntad. Si el Chela es inherentemente fuerte la domina, así como el poderoso nadador se desliza por la corriente impetuosa que arrastraría a uno más débil. Sin embargo, en esta lucha moral, si el Chela tiene una sola limitación, haga lo que haga, ésta debe y va a aflorar a la luz. El barniz de las convencionalidades que la “civilización” sobrepone a todos nosotros, debe disiparse hasta su último vestigio para que el Yo Interno pueda expresarse libre y exento del más leve velo que oculta su realidad. Los hábitos sociales que, hasta cierto punto, mantienen la humanidad bajo un freno moral, obligándola a pagar tributo a la virtud, aparentando una bondad que puede ser o no ser genuina, pueden llegar a ser olvidados y las restricciones desaparecer bajo la presión del chelado. Él está ahora bajo una atmósfera ilusoria, Maya. El vicio asume su máscara más cautivante y las pasiones tentadoras tratan de embelesar al aspirante inexperto arrastrándolo a las profundidades de la degradación psíquica. Este no es el caso recreado en el cuadro del gran artista donde Satán está jugando ajedrez con un hombre que ha apostado su alma, mientras el ángel de la guarda lo asiste y lo aconseja. Pues, en el caso del Chela, la lucha es entre su Voluntad y su naturaleza carnal y el Karma prohibe que algún ángel o Gurú interfiera hasta que se sepa el resultado. En Zanoni, obra que los ocultistas siempre apreciarán, Bulwer Lytton idealiza todo esto con una vívida fantasía poética; mientras, en Una Historia Extraña, se vale de la misma elocuencia para mostrar el lado negro de la búsqueda oculta y sus peligros mortales. El otro día, un Mahatma definió el chelado como un “disolvente psíquico que carcome toda incrustación, dejando aflorar el oro puro”. Si el candidato tiene un deseo latente por el dinero, las artimañas políticas, el materialismo escéptico, la ostentación vana, la mentira, la crueldad o la gratificación sensual de cualquier tipo, es casi seguro que esta semilla brotará, análogamente a las cualidades nobles de la naturaleza humana. Emerge lo que en realidad somos. Entonces ¿no es quizá, la cumbre de la demencia, dejar el camino tranquilo de la vida común y corriente, para escalar los desfiladeros del chelado sin tener una razonable sensación de certeza, de que uno posee en sí lo que se necesita? Bien dice la Biblia: “Que aquel que piensa estar firme, tenga cuidado de no caerse”; ¡palabras que todo aspirante a Chela debería tomar en seria consideración antes de precipitarse a la batalla! Para algunos de nuestros Chelas laicos, hubiera sido conveniente si lo hubiesen pensado dos veces antes de retar las pruebas. Recordemos varios fracasos de los últimos doce meses. Uno enloqueció, negó los sentimientos nobles expresados sólo unas semanas antes y se hizo miembro de una religión que había justa y desdeñosamente, comprobado ser falsa. Un segundo se transformó en un delincuente y escapó con el dinero de su patrón, que es también un teósofo. Un tercero se entregó a una lujuria grosera, confesándola inútilmente entre murmullos y sollozos a su Gurú. Un cuarto se enredó con una persona del sexo opuesto y defraudó a sus amistades más queridas y verdaderas. Un quinto mostró síntomas de aberración mental y fue llevado a la Corte bajo cargos de conducta vergonzosa. ¡Un sexto se disparó cuando estaba por ser capturado, para escapar a las consecuencias de su conducta criminal! Y así podríamos seguir y seguir. Todos eran aparentemente, buscadores sinceros de la verdad y llevaban una vida respetable. Externamente y según las apariencias, eran buenos candidatos para el chelado, sin embargo “en el interior, todo era putrefacción y huesos de muertos”. El barniz del mundo era tan grueso que ocultaba debajo la ausencia del oro y el “disolvente”, haciendo su trabajo, mostró que en cada caso el candidato, era una figura de escorias morales desde la circunferencia hasta el centro, dorada solo en su superficie...

En lo anterior hemos tratado, naturalmente, sólo los fracasos entre los Chelas Laicos; sin embargo ha habido también éxitos parciales, que están pasando gradualmente por las primeras etapas de su probación. Algunos tratan de ser útiles a la Sociedad Teosófica y al mundo en general mediante un buen ejemplo y preceptos. Si persisten, bien por ellos; bien por todos nosotros. Les esperan pruebas muy duras, pero aún así, “nada es Imposible para quien tiene Voluntad”. Las dificultades en el chelado jamás se reducirán hasta que la naturaleza humana cambie, y una nueva se desenvuelva. San Pablo, (en Romanos, VII., 18, 19), debe haber pensado en un Chela cuando dijo: “la voluntad está presente en mí; pero no encuentro cómo poner en práctica lo que es bueno. Pues el bien que quisiera hacer no lo hago; pero el mal que no quisiera hacer sí lo hago”. En el sabio Kiratarjuniya de Bharavi leemos:

“Los enemigos que afloran dentro del cuerpo

Difícil es vencer –las pasiones malas–

Valientemente debe luchar; quien las conquista

Es igual al conquistador de los mundos” (XI, 32) 

 

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